miércoles, 2 de enero de 2019

LOLA

La acción se desarrolla en el siglo XVI en España, Martino de Simone, nuestro
protagonista, de adolescente artista y dibujante, pasa ya siendo algo mayor, al oficio
de cartógrafo.
Viajero y conocedor de los tiempos muy cercanos al descubrimiento de
América, retorna al lugar donde no hacía mucho vivió y alternó en parte con una
mujer agraciada de nombre Lola, prostituta de un burdel al que concurría, quedando
ella prendada del viajero y acongojada en su última partida. El regreso le muestra las
diferencias ocasionadas por el paso de los años en los sitios y las personas de los
lugares que recorre nuevamente. Cumple con uno de sus objetivos sin dejar de hacer
lo propio con otro, con alguien con quien había quedado en deuda. La vida marca
cicatrices indelebles en el cuerpo pero son más dolorosas las que deja en el alma.
SEVILLA, pasados mediados del siglo XVI.
Martino de Simone, llegó a Madrid, donde estuvo un día y luego se dirigió a Sevilla.
El paso por Madrid era obligatorio, seguía siendo una hermosa ciudad y, aunque la
recordaba así, por viajes anteriores, sus deseos de llegar cuanto antes a Sevilla
hicieron que solo descansase un día en ella. Hombre de mediana edad, era pujante y
gallardo.
Ya en Sevilla, buscó alojamiento y luego de descansar y comer, al día siguiente se
dirigió a su objetivo, previas consultas para ubicarse. Se asombraba paso a paso; el
descubrimiento de América había tenido repercusiones extraordinarias para su
puerto, y las transformaciones se hallaban a la vista: era el punto obligado para el
inicio o llegada de los navíos que se dirigían del viejo al nuevo continente descubierto
por Colón. Martino, que había estado en otros puertos, debió reconocer que este era
el más grande que había visto en su vida. El comercio era mucho mayor de lo que
hubiese imaginado, con un constante ir y venir de carromatos hacia los diferentes
sitios. Su destino era la denominada Casa de contratación, un sitio importante que
manejaba todo con respecto al comercio y administración de los viajes que desde allí
partían y llegaban. El ajetreo en la calles era intenso, y Martino veía pasar a
individuos, la mayoría lugareños que se confundían con otros que portaban
vestimentas nada usuales, provenientes de sitios distantes. Por fin logró que lo
atendiese un responsable. El lugar creado por decreto real era administrado como patrimonio de la corona, quien organizaba los viajes y todo cuanto a ellos se
relacionaba, tanto en el aspecto comercial como de navegación.
Martino iba en busca de información acerca de la posibilidad de ser reconocido por
su labor como cartógrafo, trabajo en el que era muy competente, puesto que los
rudimentos de la carrera de piloto mayor y hacedor de las cartas de navegación se
desarrollaban en el lugar al que había llegado con ese fin.
–Sabido es quién era Alfonso Gripes, y si usted testimonia que es Martino De Simone,
no me cabe duda que es tan capaz como el que más, pues he visto varias cartas de
navegación que usted ha confeccionado. Vea si no –y diciendo esto retiró una carta
de un estante donde se hallaban enrolladas varias de ellas.
Quien así había hablado y obrado era el máximo responsable del lugar.
–Pues sí, es una de las costas de Venecia –dijo Martino reconociendo su trabajo.
–Así es y por lo que usted ve, tenemos otras que ha realizado con la firma conjunta de
Alfonso Gripes. No considero necesario que usted sea requerido para llenar ningún
tipo de formalidad, ya sus cartas son la mejor muestra de su saber y experiencia, y no
son muchos aquellos que han navegado con alguno de los Colón como usted ha
hecho; por lo tanto, está exento de cualquier pretensión que se le solicite. Basta su
firma –finalizó diciendo el funcionario.
–Pensé que para mi trabajo necesitaba alguna licencia, o algo así…
–Eso se estila para aquellos que se inician, carrera que hemos reglamentado en
varios peldaños hasta alcanzar la de Piloto mayor y cartógrafo. De modo que para su
saber una cosa no linda con la otra; además, no es usted un dependiente de la
corona, sino que lo hace por cuenta propia.
–Sí así es –respondió Martino, y continuó–, de cualquier forma agradezco su
información y quedo a vuestras órdenes si eventualmente se ofreciese. Vivo en
Valladolid, donde trabajo en el mismo sitio que lo hiciera con Alfonso Gripes, mi
maestro y mentor.
Antes de partir debió cumplir con unos mínimos requisitos, donde quedó registrado
como Martino de Simone cartógrafo y navegante; dio datos respecto de sus viajes y
cuando dijo que lo hubo hecho con uno de los hijos de Colón, el escribiente alzó la
vista, como admirando su gestión: estaba frente a alguien reconocido, pensó el
hombre.
Luego de saludar se retiró, y desde donde se hallaba, no lejos de la ribera del
Guadalquivir se llegó hasta el arenal entre la Puerta de Triana y la del Arenal. Desde allí, atravesando esta última, entró en un mundo diferente, el de las mancebías,
tabernas, sitios de juegos, lugares preferidos por mal vivientes y donde ejercían las
prostitutas.
Encontró aquel sitio de citas que frecuentara en otras oportunidades atendiendo
alguna urgencia y necesidad masculina, se llegó hasta la casa donde por última vez,
hacía ya algunos años, visitara y viera por última vez a Lola, aquella mujer con quien
compartió, entre otras, plácidas horas el último día de su estadía en Sevilla.
No reconoció al guardián del lugar y la encargada de la casa ya no era aquella vieja
matrona, sino una mujer más joven a quien preguntó por Lola.
–¿Lola, la de los ojos verdes y alta? –preguntó la mujer.
–Esa misma.
–Pues, si es la que yo supongo, hace tiempo ya que dejó el lugar, lo hizo por
enfermedad y su retiro creo lo está cumpliendo como penitente en la Casa del
Sagrado Corazón que se halla del otro lado del río.
–¿Puede usted orientarme un poco más?
–Sí hombre como poder puedo, ¿es que no va usted a requerir algún servicio?
–insinuó la mujer, buscando alguna compensación mientras sonreía.
–Le diré –respondió Martino–, pagaré un servicio sin hacer uso de él, si me da usted
la referencia que le solicito.
La mujer, atenta a la sugerencia, advirtió que la búsqueda tenía más que un motivo
carnal, así que le explicó cómo llegar, esperando cobrar por la información.
–Debe usted cruzar por el puente de Triana, a través del pasadero de barcas y luego
seguir la ribera, y hallará el lugar a escasos cien metros; es un edificio de gran
tamaño, que tiene una planta superior en toda su extensión. No puede usted dejar de
verlo.
Luego de cumplir con el trato, Martino se despidió dirigiéndose al lugar. Ya la tarde
estaba avanzada, por lo que apresuró su paso.
Preguntó por Lola al llegar, pues otro nombre no le conocía. La religiosa, una
novicia que no sabía aún el nombre de las recluidas, solo lo recibió y lo hizo esperar
mientras iba en busca de la superiora quien luego de recabar otras informaciones con
Martino lo hizo pasar y esperar en un lugar amplio y sin mueble alguno. Una enorme
cruz sobre una de sus paredes e inscripciones en latín debajo, eran las únicas
ornamentaciones, si así podía llamar a lo que se encontraba en el sitio.
Luego de unos instantes lo hizo pasar y recorrer un largo pasillo, que lo llevó a un
gran patio interior; lo atravesaron, recorrieron una galería y luego entraron en otra
gran sala que tenía un corredor en el medio, y a los costados varias habitaciones
colocadas en hilera, una detrás de la otra, que terminaban al final dando a otra sala
más pequeña, con grandes ventanales. El lugar se hallaba en penumbra y daba la
impresión de ser lúgubre; cada habitación se hallaba dividida una de otra por
estrechas paredes y sin techo, sirviendo para esos fines la cubierta general de la sala.
No poseían puerta; una cortina hacía las veces de puerta. Apartadas por el corredor,
las habitaciones se enfrentaban. Casi al llegar al final, la religiosa se detuvo en la
última de las habitaciones y, luego de hacerlo esperar un instante, apareció con un
candil y se lo entregó a Martino pues la oscuridad comenzaba a hacerse notar.
La mujer al otro lado de la cortina y ya avisada de la visita, aunque extrañada ante lo
imprevisible de la situación y algo desconcertada, estaba de pie sin descorrer el lienzo
que la separaba del supuesto desconocido.
–Lola, ¿eres tú? –Preguntó con voz apagada Martino dirigiéndose a una figura
femenina que se vislumbraba a través de la cortina–. Soy Martino.
–Por cierto que me llamo Lola –respondieron del otro lado–, pero el único Martino
que yo he conocido no vive ya más en Sevilla, ¿acaso es usted el mismo señor?
–Pues sí, soy esa persona que usted menciona, y estamos ambos en lo cierto
–respondió Martino interrumpiéndola.
Se descorrió de a poco la cortina y el ambiente apenas iluminado por la luz del candil
que portaba Martino hizo que la dama se cubriese el rostro con su mano derecha; el
resplandor hirió sus ojos… luego bajó su brazo, acostumbrada ya a la claridad. El
lugar solo tenía una cama, una mesa angosta con una silla, y completaba el exiguo
decorado una pequeña cómoda, sobre la cual apoyaba un libro abierto. La mujer,
vestida totalmente de negro, llevaba una cofia y un velo poco transparente del mismo
color, con el cual ocultaba su rostro. Permanecía de pie limitándose a observar a
Martino, quien hacía lo mismo, aunque sorprendido por el lugar y el aspecto de la
figura femenina que tenía frente a él.
–¿Eres tú Lola? –repitió Martino, y su voz le resultó extraña por el timbre bajo y
apasionado que había puesto al pronunciar la frase.
–Más bien…soy lo que queda de aquella Lola que conoció usted –respondió la mujer.
–Pero… –y se sorprendió Martino ante la seña que le había hecho la mujer al pedirle
que pasase al interior de la habitación y volver a correr la cortina.
–Siéntese usted –le pidió ella.
–Prefiero estar de pie, si no es molestia para usted –respondió Martino y trató de
vislumbrar el rostro que ocultaba el velo negro que cubría totalmente la cara de Lola.
–No, para nada, solo he de decirle –aunque no sé a qué ha venido–, que me he
recluido voluntariamente, alejándome de mi anterior vida, haciendo penitencia y
esperando que, al morir, sean perdonados todos mis pecados –explicó Lola,
circunspecta y como si hubiese leído la sentencia de un tribunal, queriendo no
evidenciar emoción alguna en sus palabras, aunque habían sonado trémulas.
–¿Pero cuál ha sido el motivo de este cambio en su vida y su persona? –quiso saber
Martino, sorprendido por la imprevista confesión.
Él no se hallaba del todo cómodo, no lograba entablar una comunicación más íntima
con quien había tenido hacía años un contacto tan estrecho. Inclusive el tratarse en
la forma como lo hacían ahora, le resultaba hasta grotesco, pero decidió no hacerlo
de otra manera, dadas las circunstancias, y tal como llevaba a cabo Lola la
conversación.
–Le diré que mi rostro ya no es el de antes, así como otras partes de mi cuerpo… la
enfermedad francesa lo está diezmando. Pero mi corazón sigue siendo el mismo,
aunque la mala fortuna esté deshaciendo el resto de mi cuerpo.
La revelación de esa reservada condición paralizó a Martino, quien no lograba
articular palabra ante la confidencia de quien había sido fuente de placer y
enamoramientos. Ahora sí se sentó y tomó una de las manos de la mujer quien, algo
más desahogada, sollozaba, aunque sin estridencias. Poco sabía Martino de la
“enfermedad francesa” por lo que, si bien los comentarios aventados del populacho
la nombraban, no describían sus consecuencias y él tenía pocos conocimientos al
respecto.
La mujer, en primera instancia y en un acto irreflexivo, casi retira la mano
aprisionada al sentir el contacto con la de Martino, pero la dejó luego de un instante
al abrigo del calor que él le dispensaba. Ese simple contacto desplomó toda barrera
que se había interpuesto segundos atrás entre ambos.
–Es posible que mi partida, aquella última vez que nos vimos, haya sido dolorosa para
usted –dijo Martino–, pero deseo que sepa que ni bien pisé esta ciudad al regresar, mi
primer pensamiento fue su recuerdo y los momentos felices que pasé en su compañía.
La mujer se sentó en el borde de la cama, y en ese instante una religiosa que
silenciosamente se había acercado descorrió la cortina suave y lentamente, diciendo:
–perdón, pero sabe usted señora, que la orden no permite tener cubierta la habitación
cuando recibe visitas, y aunque he hecho una excepción por la hora, espero no se
moleste por esto que acabo de hacer.
Lola no dio muestras de sentirse molesta o perturbada, y continuando la charla que
ambos mantenían dijo: –¿qué ha sido de su vida? ¿Se ha casado, tiene hijos, dónde
vive?…
Martino sintió la angustia en la expresiva curiosidad manifestada por la mujer, y
entonces mintió, creyendo que de ese modo Lola quizás tomase las cosas de otra
forma; fue una rápida decisión que no lamentaría.
–Ni lo uno ni lo otro, estoy dedicado a mi trabajo y vivo donde siempre desde que
partí de aquí, no fue fácil encontrar a alguien que me quisiese de verdad
–¿De verdad? –inquirió Lola.
–Bueno, quise decir con franqueza y honestidad, así debe entenderse lo que he
expresado.
–La verdad es a veces una mentira, por lo general no descubierta; y en cuanto a la
franqueza y la honestidad, van por los mismos carriles no siendo nada fácil que se
reconozcan, aún cuando sean auténticas. La franqueza tiembla ante la mentira, y la
honestidad se corrompe ante el deseo, por lo que en cuestiones de amor y fidelidad,
esas virtudes, aún cuando existan, si no son correspondidas es como si no estuvieran.
“¡Ah, cómo sangra aún, a pesar del tiempo transcurrido, una herida
involuntariamente infligida!” –pensó Martino quien veía ahora que la conversación
había tomado un giro que no esperaba; sorprendido, no deseaba lidiar con viejos
recuerdos, no estaba allí para eso, solo sentía por Lola una pena más fuerte que
cualquier otra sensación y no deseaba alejarse de ahí causando una indebida
impresión; había ido en paz y así deseaba irse. Las metafóricas expresiones de Lola lo
hicieron retrotraer a su último encuentro años atrás, y él no deseaba pasar otra vez
por lo mismo; quizás antes fuera menos insensible que ahora.
–Solo he venido en paz –dijo Martino–, tratando de ver cómo se encontraba una
amiga y así deseo irme, sabiendo que no existe rencor ni otra intención por parte mía;
y si he de volver, que solo Dios sabe cuándo pueda ser, que sea de la misma forma en
que me voy, esperando encontrarla de nuevo aun cuando ambos no seamos aquellos
que fuimos hace tiempo, amigos, confidentes y algo más en mejores circunstancias
que se perdieron con los años.
–No es tan fácil olvidar, aunque quizás lo sea perdonar, ¿pero perdonar qué? Si como
dice usted, hemos compartido momentos agradables, y cada uno con lo suyo, de modo
que si es su deseo volver, no he de ser yo quien le ponga coto, de modo que parta
usted con esa idea.
No hubo más comentarios. El silencio evitó cualquier otra palabra, se entendieron
así, en medio de un mutismo que envolviendo el lugar pareció lograr al fin la
comprensión entre ambos. Luego, un saludo afectuoso y la promesa de volver por
parte de Martino, quien salió eludiendo a dos monjas que sostenían un grueso cordel
que llegaba hasta el techo, y que se encontraban alzando una enorme corona de
hierro con velas encendidas para iluminar la sala. Al volver, lo hizo atravesando la
puerta del Arenal, que era la única de todas las de la muralla de la ciudad que
quedaba abierta durante toda la noche. Las callejuelas que tuvo que transitar eran
muestra viviente de esa parte de Sevilla, donde truhanes, prostitutas, pícaros,
mendigos y maleantes hacían su trabajo rutinario; bien debió cuidarse de todos ellos
para llegar a su destino. El Guadalquivir reflejaba la luz de la luna sobre sus aguas y
Martino, mientras observaba el río, iba pensando en el regreso. El reencuentro con
Lola no había sido afortunado, y le había dejado un sabor amargo. Después de
recorrer unos metros, la imagen espectral de Lola ya formaba parte de las sombras
que se mezclaban con los recuerdos del pasado.