Regresábamos a casa en el autobús de la empresa. Ese día sábado nos pagaron y la mayoría de los obreros íbamos felices a sabienda de que ese dinero sería destinado a pagar nuestras deudas. Por la ventana no se miraba, pues una lluvia torrencial cubría la carretera. El chofer se notaba un tanto nervioso por la poca visibilidad. Los pasajeros se encontraban somnolientos por las extensas jornadas laborales. Por el contrario, yo estaba intranquilo ya que presentía algo extraño en el ambiente.
A pocos minutos de partir, el chófer se detuvo de un frenazo, gritando que alguien se había cruzado en el camino. Después de unos instantes de incertidumbre, un par de hombres que vestían impermeables negros, subieron pidiendo un aventón, debido-según ellos había una avería con su automóvil.
No hay problema, dijo el chófer, acomódense en los asientos traseros por favor.
Los demás obreros continuaron cabeceando mientras se escuchaban cumbias en las bocinas del autobús. Al acabarse una canción, observé de reojo a uno de los dos tipos acercarse al conductor y ordenarle apagar el estéreo. Me tallé con fuerza los ojos para espabilarme y miré al individuo con un arma en la mano derecha.
¡Despierten, cabrones! gritó el hombre de repente. Saquen todo el dinero o me los quiebro aquí mismo.
No puede ser. Murmuró la señora que estaba sentada a mi lado, esta es la segunda vez que nos asaltan en este mes. Las autoridades nunca hacen algo.
Tranquila, le dije. Mantengamos la calma.
El otro tipo con morral al hombro y cuchillo en mano, caminó por el pasillo exigiendo el dinero a la gente.
¡Rápido!, ordenó el asaltante que portaba la pistola. No se hagan pendejos también saquen sus teléfonos.
Los pasajeros, sumisos y callados entregaban su salario al delincuente, no obstante un anciano se negó rotúndamente argumentando que el dinero era para pagar sus medicamentos. El ladrón de morral golpeó al viejo con el puño y le sacó la cartera.
¡Mejor mátenme! pidió el anciano. ¡Malditos cobardes!
Sorpresivamente el tipo de la pistola apuntó y acertó un balazo en el cuello del viejo. En ese momento todos nos lanzamos al suelo, el anciano se desangraba en su butaca ante la mirada atónita del asaltante del morral.
¡Quítales el dinero ya, carajo! El tipo se notaba frenético. Parecía estar drogado.
¡Ya voy! ¡Ya voy! dijo el del morral.
El hombre de la pistola se fue acercando hasta mi posición, examinándonos a todos con ojos desafiantes. Los voy a agujerear a todos si no me entregan el dinero, sobre aviso no hay engaño. Llegando a la entrada de la ciudad, el autobús cayó en un enorme bache provocando que el asaltante se tambaleara y por tal motivo, dejara caer su arma, la cual quedó cerca de mis pies.
¡Eres un animal!, insulto al conductor. Ya para la unidad. Aquí nos bajamos. Levanté el arma del piso y la apreté con fuerza. Pensé en arrojarla por la ventanilla pero el bandido me inmovilizó de un brazo.
¡Dámela, cabrón!, no te quieras hacer el héroe. Forcejeamos hasta que una rabia incontrolable inundó mi ser. Empujé al hombre hasta el otro asiento. El hartazgo me impulsó a disparar y matar al bandido a sangre fría. El otro tipo me imploró piedad a pesar de sus llantos, no había marcha atrás. También lo asesiné, descargando todas las balas en su cuerpo.
¡Aquí no ha pasado nada! gritó el señor desde el último asiento, se hizo lo que se tenía que hacer y punto. Vámonos. Nadie vio nada - dijo una señorita. Al menos yo ya no me acuerdo de lo que ocurrió. Descendimos del vehículo y pude sentir algunas palmadas de aprobación en la espalda.
Diremos que un grupo de encapuchados mató a esos cretinos - me dijo el chófer. Enseguida sacó su radio y llamó a la policía.
Así es - dijo una muchacha. Fue un ajuste de cuentas entre pandilleros. De esta forma, todos seguimos nuestro destino a pie, en medio de la lluvia, con sentimientos encontrados. Luego de llegar a casa y encerrarme en mi dormitorio. Me percaté que tenía fajada la pistola. Permanecí pensando en las injusticias que vivimos día con día y en que todavía habían escorias haciendo de las suyas allá afuera, mientras yo estaba sentado en la cama. Me puse de pie, levanté la pistola y apunté hacia el espejo, luego dije:
- Y si yo...
AUTOR: SERVANDO CLEMENS
PAÍS: MÉXICO
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