Pongo la aguja sobre el disco de acetato. Me siento
en la mecedora a escuchar por milésima vez la misma canción. Las lágrimas
inundan mis ojos. Mamá trapea la cocina y me pregunta que si qué traigo.
—Nada —respondo.
Ya no quiero pensar en Violeta. Recuerdo cuando la
conocí en la cantina. Ella bailaba sobre las mesas mientras se desnudaba. Al
mirarla me obsesioné con ese cuerpo de diosa y esos ojos de diabla.
—Ya apaga ese aparato —grita mamá.
Salgo de casa sin decir palabra. Mis pies me llevan
hasta la cantina donde trabaja Violeta. Al llegar el guardia me recibe con
mala cara y dice:
—Vete a la verga, pendejo. Ya nos tienes hasta la
madre.
—Sólo quiero hablar con Violeta cinco minutos, dame
diez minutos.
—No entiendes —grita el guardia—, te voy a romper el
hocico si no te vas.
Me voy apretando los puños y con dolor de cabeza.
Los moteles y los bares me recuerdan a mi querida. No soporto más este amor
maldito. Pienso en ella todos los días y creo que la amo de verdad. En la
esquina diviso una caseta telefónica. Echo una moneda y marco el número de
Violeta.
—Bueno.
—Soy yo —respondo—, te adoro.
—Estás loco —dice—, deja de molestarme o llamaré a
la policía.
—No puedo dejar de pensar en ti y en las noches que
amanecí contigo.
—Son negocios, niño.
—Pero me enamoré perdidamente.
Ella cuelga y me deja hablando. Voy a casa y no
logro explicarme la razón de ese amor tan poderoso. Reflexiono y creo que, a
parte de esa belleza física, es su olor a perfume barato, su cuerpo bañado en
brillantina, su boca sabor menta, sus chistes malos, su forma grosera de
hablar y su desfachatez.
Al entrar a casa, mamá vuelve a preguntar que si qué
traigo. No sé qué decir y me encierro en mi habitación. No lograré pasar otra
noche sin ella. Pasan las horas y me revuelco en la cama. No puedo
soportarlo. Voy al garaje, saco una cuerda de un mueble y la tiro por encima
de una viga. Amarro la soga, subo al cofre del coche de papá y la pongo en mi
cuello. Empiezo a sollozar por su desprecio.
—Hijo —grita mamá—, te hablan por teléfono.
¿Será Violeta?
—Apúrate.
Me quito la cuerda y salto del coche. Voy corriendo
y al llegar le arrebato el teléfono a mamá.
—Déjame solo —le digo a mamá.
Ella me ve de reojo y se va.
—¿Quién habla? —pregunto.
—Soy violeta. Quiero verte.
—¿En serio?
—Sí, nene.
—Te amo con toda mi alma y no quiero perderte.
—Te veo en una hora, en el lugar de siempre.
—Lo que tú digas, princesa.
—Te quiero, tontito. Pero recuerda llevar la cuota.
Nos despedimos. Voy al cuarto de mamá y agarro
dinero de su bolso.
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AUTOR: SERVANDO PEÑUÑURI CLEMENS
País: México
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